dimarts, 10 de novembre del 2009

El ocho de febrero iba a ser uno de los días más duros de su vida. Pero ella, todavía no lo sabía.
Ese preciso instante le parecía uno de los momentos más maravillosos de su existencia. El sol salía después de cuatro meses de invierno desolador y todo tomaba un color especial. Amarillo intenso, similar al rubio de sus cabellos, era el color de los rayos del sol. Su moto resplandecía y brillaba. El violeta metalizado le decía a gritos que saliera a dar una vuelta con ella. Esa mañana hasta el viento tenía color.
Lo que ella no sabía, sin embargo, era que, unas horas más tarde todo esto habría desaparecido.
Abrió los ojos y no había nada. Sus manos pálidas habían desaparecido y no sólo eso, no había manos, ni brazos, ni... ningún lugar. ¿Dónde estaba exactamente?
Una voz cayó como una gran losa <>. Entonces retrocedió, recordó todo lo que había sucedido unas horas antes. Recordó el color del sola, de la moto, del viento, del coche que se le venía encima y algo le dijo que nunca olvidaría aquellos colores.
Lo que todavía no sabía, es que, mientras una realidad de colores se evadía, otras nuevas aparecían.
Lo supo en cuanto apareció la enfermera con la comida, supo que el olor del solomillo de aquel hospital no le gustaba y que el sonido de las zapatillas contra el suelo le recordaba a su padre.
Supo que perdía muchas cosas, pero que ganaba muchísimas más.

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